El sueño de un emoji global basado en emojis

Hace 130 años el oftalmólogo polaco L. L. Zamenhof publicó un libro en el que plasmó el mayor sueño de su vida y uno de los planes más ambiciosos que se conocen: crear un idioma universal y fácil de aprender para que cualquier persona, sin importar su nacionalidad ni su cultura de origen, pudiese comunicarse con otra. Deseoso de que aquel flamante sistema se implementara sin dueños ni personalismos, decidió publicarlo con un seudónimo, Dr. Esperanto, que significaba en aquella flamante lengua “aquel que tiene esperanza”. Aunque nunca llegó a adoptarse de forma masiva, el esperanto se mantuvo durante décadas como la bella utopía de un mundo sin fronteras, en el que todos podíamos conversar con todos.

El fin de los límites geográficos tradicionales es, justamente, una de las promesas de la Internet, y por eso no debería sorprendernos que lo más parecido que tenemos al sueño universalista de Zamenhof haya llegado de la mano de la Web. En 2017, los emojis se consolidaron como una suerte de versión superadora del esperanto: un idioma universal que recorre el globo y que posibilita que cientos de millones de personas se comuniquen entre sí más allá de las lenguas que hablen.

Los emojis nacieron en 1999, en Japón, de la mano de un programador llamado Shigetaka Kurita, quien buscaba una manera de diferenciar a su compañía de pagers -el viejo sistema para enviar y recibir mensajes cortos, antepasado directo de los teléfonos móviles y sus mensajes de texto- de la competencia. Su gran idea fue crear un ideograma de corazón para sumar a esos mensajes, y pronto causó furor. En poco tiempo, creó un set de 176 íconos, muchos de los cuales sobrevivieron al tiempo y están presentes hoy en nuestros smartphones.

Mucho más versátiles que los emoticones -aquellas combinaciones de signos como puntos, comas y un paréntesis para indicar complicidad con “;)” o tristeza con “: (“- , los emojis son el vehículo perfecto para compartir nuestras reacciones y estados de ánimo más allá de qué idioma hablemos. Mientras una carita sonriente con lágrimas en los ojos es entendida por todos como una carcajada genuina e histérica, también contamos con un conjunto de corazones de varios colores para transmitir nuestro cariño o la llama de un fuego vivo para confesar pasión.

Con casi dos décadas de vida, los emojis lograron sobrevivir a muchas modas digitales, como Geocities o MySpace, para recalar recientemente en redes sociales. Twitter, Facebook e Instagram fueron habilitando su uso en los últimos dos años e incluso crearon algunos ideogramas propios, aunque en 2017 su lugar definitivo resultó ser WhatsApp. A los argentinos nos encanta comunicarnos por ese mensajero instantáneo y ya es una costumbre instalada reemplazar mensajes como “ok” o “no puedo” directamente por una mano con el pulgar levantado o una carita triste.

También están presentes en las publicidades, en las apps de citas (Tinder recomienda usar emojis en nuestra descripción para lograr más cantidad de interacciones) e incluso en sitios de noticias o de deportes, como una manera de calificar lo que estamos leyendo.

Para poder mantenerse como un nuevo esperanto, el conjunto de emojis originales que creó Kurita debió ser ampliado cada vez más. La última actualización ocurrió el 30 de octubre de 2017, cuando se sumaron 70 nuevos motivos, incluyendo guantes, un cerebro, un brócoli, un plato volador y un emoji que vomita, entre otros. Se trató de una adición variopinta y, a primera vista, desordenada. Sin embargo, respeta las decisiones del Unicode Consortium, el organismo que reúne a las grandes compañías vinculadas a la Internet y que regula qué signos pueden aparecer en nuestras pantallas.

Desde hace tiempo, algunos de sus representantes luchan por una completa representatividad de la gran diversidad humana. Así, existen emojis de parejas del mismo género, varios tonos de piel para elegir y ninguna profesión es únicamente masculina o femenina. El mensaje parece ser claro y es acorde a los tiempos que corren: si buscamos un idioma universal, nadie puede quedar afuera.

La intención de abarcar las principales expresiones humanas incluye también la cultura en toda su extensión. Y por eso en la última edición del Media Party, un encuentro multidisciplinario que se realiza cada año en Buenos Aires y donde se intenta reflexionar y trabajar sobre el futuro de los medios de comunicación, se lanzó una campaña para que el Unicode Consortium sume en su próxima actualización el emoji que los argentinos más ansiamos: el mate. La norteamericana Jennifer Lee, una de las referentes del mundo de los emojis y responsable del sitio Emojination.org, se comprometió a interceder para que el proyecto se vuelva realidad, aunque reconoció que es posible que no haya novedades en lo inmediato.

Quien tuvo mejor suerte fue la nutricionista cordobesa Berenice Morzone, quien junto a una colega británica propuso hace tiempo un emoji de lactancia que en julio fue aceptado por la organización, ya que cumplía tres requisitos indispensables: es relevante, puede ser usado a nivel global y perdurará en el tiempo. Otros cordobeses que demostraron pasión por los emojis fueron los integrantes de la banda de rock Los Rayos Láser, quienes lanzaron en 2017 el videoclip de su tema “Sin gravedad” completamente realizado con emojis.

Los emojis también se metieron este año en la política -en el cierre de la campaña de las últimas elecciones legislativas, Cambiemos lució su propio emoji, un gesto del brazo haciendo fuerza- y llegaron al cine con una película animada que no convenció a los críticos pero fue un éxito de taquilla y se volvió una de las más vistas en nuestro país en 2017, con una audiencia cercana a los 800.000 espectadores.

El boom de este nuevo esperanto no tiene, sin embargo, entusiasmados a todos. Algunos temen que se trata de una degradación del idioma tendiente a conseguir que algún día sólo nos comuniquemos con estos ideogramas. Nada más alejado de la realidad: siempre tendremos la riqueza y sutileza de nuestras lenguas, que permiten que sea delicioso leer a Borges en español o a Shakespeare en inglés. Lo que a veces no es tan fácil de lograr es transmitir emociones y lograr empatía al escribir, un campo en el que los emojis son muy bienvenidos.

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