¿Somos los mismos que ayer?

Nos sucede cuando leemos viejos estados de Facebook, nos encontramos con algún diario íntimo de la adolescencia o descubrimos una vieja carta de amor: ¿cómo puede ser que hayamos escrito o pensado eso alguna vez? ¿Es posible cambiar tanto? ¿O será que nosotros no somos los mismos de ayer?

Un dato biológico: la inmensa mayoría de las células que formaban nuestro cuerpo hace siete años han muerto y han sido reemplazadas por otras. Y aquellas células que no mueren, como algunas de las que constituyen nuestro cerebro, han renovado sus átomos y moléculas. En sentido estricto, entonces, nosotros somos fundamentalmente diferentes a aquella persona del pasado.

Esto es lo que se conoce en filosofía como la paradoja del barco de Teseo: según una leyenda griega que cuenta Plutarco, el barco en el cual volvieron desde Creta Teseo y los jóvenes de Atenas lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes. La pregunta entre los filósofos griegos era: una vez que todas las piezas habían sido reemplazadas, ¿el barco seguía siendo el mismo o no?

Ahora pensando en nosotros: si la constitución misma de nuestro cuerpo cambió casi por completo, ¿por qué creemos que seguimos siendo la misma persona desde que nacemos? ¿Qué nos hace ser quienes somos? ¿Nuestra mente o nuestro cerebro?

Si pensamos que es nuestra mente y no nuestro cerebro, eso nos llevaría a preguntarnos qué sería nuestra mente si no es algo físico. Después de todo, es discutible que exista algo no físico en el mundo. Y si pensamos que es nuestro cerebro, es un órgano del cuerpo y, por lo tanto, también sufre cambios a lo largo del tiempo y es muy diferente a como era hace unos años.

Quizá podríamos salir de este atolladero concediendo que lo que hace que mantengamos nuestra identidad a lo largo del tiempo no es nuestro cerebro sino su actividad. Somos los mismos por nuestros recuerdos, por el punto de vista que adoptamos frente a las cosas que nos sucede. Somos, en ese sentido, nuestra memoria.

Pero existe evidencia científica que nos muestra que muchos de nuestros recuerdos fueron cambiando con el tiempo o que incluso tenemos recuerdos falsos de cuya veracidad estamos convencidos. En ese caso… ¡la base de nuestra identidad sería cambiante y una mentira!

Es lo que sucedería con las personas que sufren algún desequilibrio: si nuestra identidad son nuestros recuerdos y nosotros después de un golpe creyéramos que somos Napoleón y pudiésemos recordar nuestras grandes hazañas, ¿quién podría desmentirnos?

Al parecer, no hay manera segura de defender nuestra identidad personal. Estamos todo el tiempo en constante cambio…¿será entonces que nosotros no somos los mismos de ayer?

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