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El café del reencuentro

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
Entrega anterior

Con los ojos entreabiertos, Federico apagó el despertador del teléfono celular y volvió a enrollarse entre las sábanas. Sólo pasaron unos pocos minutos cuando el aparato volvió a sonar y él entendió que era hora de salir de la cama. Se desperezó y de inmediato sintió un ardor en la rodilla, lo que le recordó la caída que había sufrido ayer en pleno partido de fútbol 5 y que le había dejado una marca violeta en la pierna pero había salvado un gol. Se sonrío y caminó hasta la cocina para prepararse un café.

Algunos días atrás se habían cumplido cuatro meses de su mudanza a Comodoro Rivadavia y recién ahora comenzaba a sentirse cómodo en su departamento. Un compañero de trabajo le había señalado el aniversario, que había pasado desapercibido para él y para Lola, su novia. Aunque Federico sospechaba que ella sí estaba al tanto de la fecha pero había preferido no mencionar nada desde Buenos Aires en las charlas que mantenían por videoconferencia. De a poco esas conversaciones matinales se habían vuelto más y más monótonas, sin mucho para agregar o comentar más que una aburrida agenda de sucesos sin importancia o efemérides vacías. Ni él tenía grandes novedades a diario ni ella contaba con mucho material, abocada como estaba a los exámenes de mitad de año en la facultad.

Aunque ambos hacían esfuerzos para poder tener siempre ese espacio exclusivo, en ocasiones la rutina diaria les ganaba de mano. Cuando estaban juntos en Buenos Aires, el desayuno –con café sin leche y tostadas de pan casero, porque mantenían por cábala el mismo menú de la primera vez que se despertaron juntos- era su momento de encuentro. Intentaron mantenerlo a través de la web, aún sabiendo que no era lo mismo. Funcionó muy bien al comienzo, pero ahora las cosas comenzaban a ser cuesta arriba. De hecho, Lola le había avisado que hoy iba a estar todo el día haciéndose controles y análisis médicos de rutina y que no podía conectarse. Aún le restaba al menos un año de universidad -con viento a favor, claro, porque podía incluso estar más tiempo- así que los dos tendrían que acostumbrarse a este nuevo rito.

Mientras el olor a café invadía su pequeño departamento –que, luego de varias semanas, al fin estaba más ordenado y con las valijas deshechas- Federico se metió en la ducha y pensó en Lola pero también en cómo finalmente su vida en Comodoro comenzaba lentamente a mejorar. Ya no se trataba simplemente de trabajar para mantenerse ocupado sino que se había adaptado a su nuevo puesto y ya tenía sus sitios favoritos para ir a leer el diario los domingos o correr los sábados. Además, había comenzado a formar amigos, como Lucas y el resto del equipo con el que jugaba al Fútbol 5. Sin embargo, era claro que su vida estaba incompleta.

Justo estaba saliendo de la ducha cuando sonó el timbre. Supuso que era el cartero o algún vecino y se cambió a las apuradas, bajando las escaleras con una remera y un short a pesar del frío. Abrió la puerta del edificio y se encontró con Lola, parada junto a un pequeño bolso, el pelo revuelto por el viento y una sonrisa enorme.

 

– ¿Qué hacés acá? –exclamó sin poder salir de su asombro

– Te vine a visitar, ¿acaso no puedo? –le respondió ella, pícara

-¡Te viniste desde Buenos Aires! ¡No entiendo nada! ¿Qué hacés acá?

-Tenía muchas pero muchas ganas de desayunar con vos. Te traje el café que tanto gusta y compré camino del aeropuerto pan recién hecho…

 

El café compartido por la mañana, la mejor excusa para recorrer 1471 kilómetros y ganarse ese abrazo tan esperado

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