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Una taza de café compartida para conocerse más

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
Entrega anterior

Bastaron pocos minutos de charla en la pequeña cocina de la FM para que la conexión entre Alejandro y Diego fuese completa. El joven cartero no podía creer que en su ciudad, Comodoro Rivadavia, hubiese alguien tan apasionado por el rock de los 60 y los 70 como él. Siempre había sospechado que debían haber más melómanos cerca suyo pero nunca los había encontrado. Su timidez natural y cierta soberbia de creerse el único con buen oído tampoco habían sido de gran ayuda a la hora de tender lazos con los demás y reconocer que sus vecinos podían tener algo para enseñarle. Alejandro había encontrado en la música su refugio y su fuente de felicidad cuando comenzó su adolescencia. Pero ahora, a los 22 años, ese espacio se había convertido en una excusa para que la certeza de ser único con buen gusto lo mantuviese aislado. Su rutina diarias era recorrer de punta a punta las ventosas calles de Comodoro repartiendo cartas por debajo de las puertas con los auriculares puestos, una imagen bastante clara de cómo él mismo se sentía: protegido por las canciones y entregando cosas sin nunca comprometerse.

Para Diego el encuentro casual con Alejandro también lo había sorprendido. Le gustaba que el destino lo haya topado con alguien con el que podía hablar de discos, recitales míticos y temas que pocos habían escuchado. Trabajaba desde hacía años en aquella FM como operador técnico, un puesto en que debía pasar horas y horas siendo testigo de todo tipo de programas. Desde envíos con noticias urbanas hasta ciclos aburridos de deportes, él siempre estaba detrás del vidrio para poner canciones, conectar entrevistas telefónicas y supervisar qué tandas salían al aire. Tal como le pasaba a Alejandro, la música para él era su refugio pero había logrado volverlo un sitio que compartía con los demás y que expandía sus vínculos en vez de cortarlos. Tener que pensar las canciones que sonaban a lo largo de ocho horas diarias lo habían vuelto más versátil y menos prejuicioso, aprendiendo a programar pensando en los demás, abriéndose a más estilos, cantantes y bandas.

 

– O sea que vos elegís los temas que suenan acá…- le dijo Alejandro mientras tomaban un café en la cocina de la radio

– Así es. Desde las 8 y hasta las 18 lo que escuchás son cosas que salieron de esta cabecita, que ya está un poco quemada-le respondió entre risas tocándose la gorra que llevaba puesta

– ¡Es un sueño hecho realidad! ¿Sabés lo que haría yo si pudiera decidir qué escucha la gente? ¡Barrería con todas las porquerías latinas y les enseñaría lo que es bueno!

– Pero, Ale, las cosas no funcionan así…

– ¿Por qué?

– Recién puse a Hendrix porque estabas vos y me inspiraste, pero si yo llego a poner más de dos canciones de “Electric Ladyland” o “The Cry of Love” en un mismo día pierdo a todos los oyentes en una semana. Trabajar en una radio no es imponer los gustos, es lograr ajustarse a lo que los demás esperan y, a partir de allí, meter de vez en cuando un guiño que sólo algunos entenderán y que quizá despierte el interés de alguien.

 

Alejandro lo miró con desconfianza… ¿por qué Diego no aprovecha su trabajo para hacer lo que realmente le gusta? ¿por qué cede a lo que los demás esperan de él? Lo había decepcionado. Fue entonces cuando Lucas, el conductor, se asomó al cuarto para avisar que volvían al aire en un minuto. Era también el momento para que el cartero volviese a la calle para continuar con su recorrido.

 

– Venite mañana tipo 11 que la seguimos y te muestro algo- lo despidió con un apretón de manos Diego.

 

A veces una pequeña charla y un café son suficientes para entender que nuestro refugio en el mundo puede ser también el muro que nos separa de los demás

 

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