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Conjuros, visiones, fe y un café

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
Entrega anterior

 

– Qué sola y llena de actividades se la ve a la mujer de Gancedo, eh. Siempre de acá para allá con el auto pero nunca en la casa.

– Debe tener alguien que le cocine, sino no se explica cómo el esposo está tan gordito si ella nunca está para cocinar…

– Chicas, el misterio se resuelve rápido: ¡él come afuera y mejor que en la casa!

 

Las tres se rieron con malicia, como lo solían hacerlo cada vez que se juntaban. Casi no había asunto en Comodoro Rivadavia que no supieran Amelia, Rosa y Vicenta. Se conocían desde hacía más de 40 años y habían visto nacer, o llegar desde otros lugares, a casi todos los vecinos ilustres –y no tanto- de la ciudad. Ahora que Amelia y Vicenta eran viudas, y Rosa gozaba de su eterna soltería que solía mencionar como motivo de orgullo, no pasaba día sin que se cruzaran o se juntaran a pasar un momento juntas. No eran las clásicas “ancianas de pueblo” poco activas. Ellas hacían yoga tres veces por semana, veían cada película que se estrenaba en el cine de la ciudad, compartían misa y por la tarde solían tomarse un café entre risas y comentarios cómplices. Después de haber vivido tanto se habían ganado el lujo de disfrutar sin culpas de los placeres de la vida y de mirar la de los demás con acidez y picardía. Amelia solía repetir que no sabía si era el destino o el viento lo que las había unido, pero lo cierto era que las tres formaban el equipo perfecto para combatir la soledad.

Esa mañana estaban quitando de sus pendientes algunos trámites bancarios con un café de por medio gozando de los privilegios de ser clientes de larga data.    Verónica entró al edificio de mala gana para pagar unos impuestos que no había logrado abonar por homebanking luego de dejar a Valentín en la guardería e inmediatamente reconoció a Amelia por la carcajada que había soltado tras los comentarios maliciosos.

 

– ¿Qué dicen las chicas más lindas de Comodoro?

– ¡No seas zonza, Verónica! ¡No somos las más lindas de la ciudad, somos las más lindas de la provincia!- la replicó Rosa.

– ¡Tenés razón! ¡Perdón por mi equivocación! – se disculpó Verónica entre risas- ¿Están acá para pagar la luz?

– Querida, por favor, a esta edad nos pagan a nosotras por estar vivas. Le dicen “jubilación” y te aseguro que no es gran cosa- sentenció Vicenta dando un sorbo a su café

– ¡Pero si están impecables! Más de una quisiera llegar así a su edad…

– Vos cuidalo a tu marido, mirá si te lo robamos…

 

Las cuatro se rieron con ganas. Y Verónica vio en ese encuentro una oportunidad para pedirle a Amelia un favor. Amelia solía leerle la borla del café, curarle el empacho y apoyar con rezos sus dificultades. De esta forma ya era en la vida de Verónica una especie de ayuda espiritual y divina

 

– Estoy un poco preocupada por Alejandro, mi hermano. Lo vi ayer y me parece que se enamoró de una cordobesa, una chica a la que le llevó unas encomiendas. Me encantaría que finalmente siente cabeza, ¿no podrás hacer algo?

– ¿Pero vos querés una vidente o una celestina?- le dijo Rosa- Mirá que ella es como la Bruja Cachavacha pero no hace milagros…

– ¡No digas pavadas, Rosa! Todas queremos lo mejor para Ale… ¡si lo vimos nacer! – Verónica el amor es difícil y no hay conjuros mágicos para hacerlo nacer o perdurar, pero la fe es su mayor motor. Le vamos a prender unas velitas a San Antonio, que es el patrono de los enamorados, y si esta chica es la indicada para él, vamos a ayudar para que todo fluya. Y…. si te tomás un café con Alejandro… no te olvides de traerme la taza!!!

 

– ¡Sos una genia! Bah, son las tres unas genias. Las mantengo al tanto de lo que pase

– Quedate tranquila, querida, que pase lo que pase nos vamos a enterar nosotros antes que vos. Nada se nos escapa…

 

En un café puede encontrarse el destino del amor

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