Un café para perdonar

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
Entrega anterior

 

Volvió a mirar nerviosa la hora y trató de pensar cuáles eran las opciones que tenía. Aunque sabía perfectamente lo que debía hacer, por alguna razón que no lograba desentrañar, Silvina estaba nerviosa con esta situación. No era la primera vez que le tocaba lidiar con un empleado que no cumplía con sus obligaciones y posiblemente tampoco sería la última. Sin embargo, en este caso no quería actuar con firmeza y algo la detenía.

– ¡Buenos días! ¡Perdón el retraso! –le dijo Inés al entrar a la oficina, con una taza de café en la mano- Me encontré en la calle con un nene que ¡tendrían que haberlo visto! Dos años y ya estaba atento al mundo, muy despierto…

– Inés: ya hablamos del tema horario –le respondió con seriedad Silvina, cambiando en un instante el semblante de su secretaria

– Sí, perdón, hoy estaba llegando a tiempo pero me detuvo este nene en la calle y…

– Inés, hoy es un nene. Ayer llegaste tarde, si mal no recuerdo, porque te olvidaste algo en tu casa y tuviste que regresar; antes de ayer pusiste mal el despertador… ¿dónde se ha visto que la gerente espere a su secretaria? ¡Llego yo antes que vos y vivo mucho más lejos! Hace casi veinte años que trabajo y yo te juro que nunca…

– Le pido disculpas, le aseguro que no va a volver a suceder

– Lo mismo escuché ayer y el día anterior. Te pido por favor que comiences ya a trabajar y que esto no vuelva a ser un tema entre nosotras.

 

Inés bajó la cabeza y se sentó de mala manera en su escritorio, que estaba separado de la oficina de Silvina por una pequeña puerta. Prendió la computadora y comenzó a leer correos electrónicos y organizar la agenda del día mientras aguantaba las lágrimas.

Del otro lado, su jefa no estaba mejor que ella. Ayer se había encontrado con Carolina, quien había ocupado ese mismo puesto de secretaria hasta hace unos meses, y le había recordado que ése suele ser un espacio para personas que están en tránsito, buscando lo que realmente quieren hacer de sus vidas. Inés  no tenía ni siquiera 20 años, ¿qué podía saber de responsabilidades y de la importancia de llegar a horario? Por otro lado, aunque las excusas para llegar tarde eran insólitas, por algún extraño motivo le resultaban convincentes. ¿Qué hacer con un problema como el de Inés?

Silvina salió de su despacho para hacerle algún comentario superficial que limara asperezas, y encontró a Inés garabateando unos papeles. Al sentirse descubierta, abolló de inmediato el papel y lo tiró al cesto.

 

– ¿Qué estás haciendo, Inés? ¿No acabamos de hablar de responsabilidades hace un rato?¡Esto no es un lugar para que juegues!-le dijo furiosa, sin poder controlarse.

 

Inés también perdió el control y se puso a llorar. Silvina caminó hasta el cesto y abrió el bollo de papel que su secretaria había tirado instantes atrás. En el papel estaba el boceto de un retrato de Valentín, el niño que se había encontrado en el camino a la oficina. Ahora eran dos las que estaban llorando.

 

– ¿Esto lo hiciste vos? ¿En este ratito? No sabía que dibujabas- le dijo Silvina acongojada.

Necesito entender tus gustos, tus pasiones y tus planes. Vamos por un café y pensémoslo juntas...

 

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