Un café para agradecer

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
Entrega anterior

Esa mañana el sol brillaba fuerte y entibiaba la cara de Inés mientras esperaba la luz verde de aquel semáforo. Con el tiempo y luego de tantos kilómetros recorridos en horario pico, Ines había desarrollado una técnica que le alivianaba el camino a su trabajo. Consistía en poner música aleatoriamente e imaginar dibujos que acompañen cada melodía. Los dibujos siempre fueron para Inés un escape de aquella realidad que le había tocado vivir y con la cual nunca se había sentido muy satisfecha.

Inés nunca podía quedarse quieta. Ya desde chica se aburría rápido y en el Jardín de Infantes las maestras solían lamentarse de que rara vez se ponía a hacer las mismas cosas que el resto de sus compañeros. En el colegio esta actitud fue tornándose más grave, y allí comenzó a sentirse ella misma como un sapo de otro pozo. No le faltaba capacidad para fijar la atención o talento para realizar la tarea. Inés simplemente se aburría cuando algo le parecía rutinario. Y para ella, Comodoro Rivadavia era la Capital Nacional de esta característica.

Pensando más lejos que Buenos Aires, Rosario o Córdoba, Ines siempre soñó con  vivir en Londres, Milán o Moscú. Pero con sus apenas 9 años aun no sabía cuáles eran sus motivaciones en la vida, qué estudiar ni de qué trabajar. Lo único claro era que el dibujo debía ser parte de ello. Apremiada por sus padres, tomó un puesto de secretaria ejecutiva de una empresaria muy seria que parecía pensar sólo en su oficina y que no le tenía confianza.

El semáforo se puso verde e Inés cruzó la avenida. Caminó dos cuadras más hasta que otro semáforo la detuvo y quedó esperando junto a una madre que estaba de la mano de su pequeño hijo; un niño de aproximadamente dos años que la miraba fijo y con los ojos bien abiertos. Quizás los mechones color rosa del pelo de Inés le llamaban la atencón. Se sacó los auriculares y se agachó para conectarse:

 

– ¿Cómo te llamás?

– Vantín-le respondió el niño

– ¿”Vantín”? ¡Qué nombre raro!-dijo Inés

– En realidad se llama Valentín -le corrigió la madre

 

Valentín se río y señaló un alfajor que la joven de los mechones rosa tenía en un bolsillo externo de su mochila.

 

– ¿Se lo puedo dar?-le preguntó Inés a la madre

 

Con el permiso de su madre, Valentín abrió la boca lo más grande que pudo para enfrentar aquel alfajor y darle un mordiscón. A Inés le impactó la frescura e ingenuidad del niño, y su manera de disfrutar la golosina como si fuera un oasis en el desierto. Se preguntó internamente si alguna vez un adulto podría disfrutar con tanta intensidad de algo.

La madre del Valentín agradeció el obsequio e inmediatamente sacó una servilleta de su bolsillo.

 

– Desde que come chocolate se le da por pintar con los restos todo lo que encuentra. Ayer le agarró un libro al tío y se lo llenó de “dulces” garabatos.

– Jajaja

– Bueno, déjame devolverte el favor con un rico café para que te lleves donde estabas yendo. Verónica abrió el gran bolso que llevaba y sacó un vaso térmico, perfectamente sellado.

 

– Llevate este café. Es riquísimo, expresso!.

– ¡Pero no es necesario!

– ¿No te gusta el café?

– No me gusta… ¡me encanta! Pero no quiero quedarme con esta taza tan linda

– De lunes a viernes hago el mismo camino hasta la guardería. Ahora que nos conocemos, nos vamos a volver a encontrar y me la vas a devolver. Me llamo Verónica y él, ya sabés, se llama Valentín.

 

Una taza de café caliente puede ser la recompensa perfecta para un gesto generoso y desinteresado

 

 

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