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Secretos revelados con una taza de café

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
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El bocinazo la tomó por sorpresa, y el susto la obligó a soltar todo al medio de la calle. Aún atemorizada con el episodio, Carolina se agachó y comenzó a juntar los paquetes que habían quedado sobre el asfalto. Y es que esa mañana en el apuro por no atrasarse con las entregas, Carolina se había olvidado la canasta en la que solía organizar los paquetes y estaba haciendo malabares para sostenerlos cuando cruzó la calle sin mirar.

 

-¡Mirá dónde te vengo a encontrar!- escuchó mientras estaba recogiendo sus cosas del asfalto.

 

Carolina reconoció de inmediato esa voz tan familiar. Giró la cabeza y se alegró de ver a Silvina, su ex jefa. Habían trabajado juntas por más de dos años y, si bien no eran amigas, el trato cotidiano las había acercado mucho. Siempre con pañuelo alrededor del cuello, el peinado perfecto con cualquier clima y los labios pintados de un rojo intenso, Silvina había logrado convertirse en esa clase de mujeres cuya verdadera edad era imposible de adivinar.

 

-Dejá que te doy una mano.

 

Juntas terminaron de recoger todo lo que había quedado desparramado en esa calle ventosa de Comodoro Rivadavia y se pusieron a reparo del hall de un edificio. Allí Carolina le confesó que su emprendimiento de viandas caseras, el motivo por el cual había renunciado a su trabajo como secretaria de Silvina, aún no había logrado despegar, pero que ella no perdía la fe.

 

– ¿Sabés qué lo más increíble? Hoy, en medio de una crisis porque no llegaba a tiempo con los pedidos, recibí una encomienda de Córdoba con el libro que yo usaba cuando era chica para cocinar, ¿podés creer? Tiene que ser una señal.

 

Carolina hablaba y se le encendían los ojos, con un entusiasmo que Silvina había dejado de ver en los últimos meses antes de que renunciara. Se alegró tanto de encontrarla que dejó de lado sus pendientes para compartir un poco más de tiempo con ella.

 

-¿Es muy lejos este pedido? Te acompaño a entregarlo y nos tomamos un café para charlar un rato, ¿te parece?

 

Dejaron las viandas y enseguida Luego de dejarle las viandas a una pareja que las recibió con un perro que no dejó de ladrar en ningún momento, las dos se sentaron en el pequeño café de esa esquina. El típico café de barrio, que hospeda intermitentemente encuentros fugaces, almas perdidas, o madrugadores empedernidos. Silvina compartió los cambios que se sucedieron en la oficina desde que Carolina se había ido y la poca suerte que había tenido con su reemplazo: una joven chubutense apática y de poca iniciativa, que se dedicaba a hacer garabatos y dibujos en los cuadernos de anotaciones, incluso cuando estaba en reuniones o tenía cosas por hacer. Carolina minimizó el asunto y trató de animarla, tal como había hecho tantas veces en el pasado, cuando algún contratiempo laboral ponía a su jefa de malhumor.

 

Cuando llegó el turno de Carolina, la charla giró en torno a su separación, la decisión de quedarse en la ciudad en vez de regresar a su Córdoba natal, la idea de su emprendimiento y la historia sobre la encomienda que le había dado una inyección de energía para no bajar los brazos con eso.

 

– Entiendo. Creo que entiendo todo.  Sólo se me viene a la cabeza una pregunta… ¿y cómo se llama este cartero que te tiene así?- le dijo Silvina mirándola a los ojos

-¡Ay, qué sé yo! ¿¡Te conté toda esta historia y sólo me preguntás por el cartero!?-respondió Carolina escondiéndose detrás del último sorbo de su cortado

-Vi perfectamente cómo se te iluminó la cara al hablar de él, ¡a mí no me engañás! ¿Cómo se llama?

-¡Alejandro!-soltó tímidamente.

-Bueno, me alegra conocer el nombre de quién te devolvió la sonrisa.

 

Una taza de café puede revelar secretos que quizás nunca hubiéramos pensado compartir.

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