Un café para organizarse

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
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Alejandro se volvió a abrochar la campera hasta el último botón y agarró el bolso, que ahora estaba mucho más liviano. El paquete que había entregado recién le había dejado un aroma a café que lo perseguía como una nube ¿de qué variedad sería? ¿Por qué se lo enviaban desde Buenos Aires?. Éste era su tercer año como cartero y la fascinación por tratar de entender qué contenían los sobres y las encomiendas que le tocaban entregar se mantenía intacta. Cuando agarró el trabajo, ni bien terminado el secundario y con la promesa de que sería algo temporario mientras se decidía a estudiar alguna “profesión seria”, como le habían pedido sus padres, se dio cuenta de que la única manera de mantenerse entretenido era fantasear con el contenido de aquello que transportaba, inventando historias y vínculos entre las personas.

Ser cartero en Comodoro Rivadavia no era precisamente un trabajo muy estimulante, pero la paga era buena y le había permitido mudarse de la casa familiar a un casa con patio junto con dos amigos.

Alejandro tenía a su disposición una vieja camioneta para hacer el recorrido, pero la mayoría de los días prefería caminar con el bolso al hombro. La ceremonia de trazar el mapa por el que se movería le divertía, siempre buscando el camino más corto y eficiente. Además, salvo en días de mucho frío o viento excesivo (porque en Comodoro llueve poco y sólo en invierno), la caminata era una buena excusa para mantenerse activo y escuchar nuevos discos. Su verdadera pasión era la música pero no había muchas maneras de trabajar de eso en la ciudad, a excepción de ser maestro de escuela. Y si algo le generaba rechazo a Alejandro la idea de lidiar con niños…

Sus compañeros en el correo solían burlarse de que vivía con los auriculares puestos, caminando por las calles inmerso en las elucubraciones que hacía en base a los paquetes que entregaba. Muchas veces gesticulando en soledad las letras de las canciones y asustándose con los bocinazos de los autos.

Entusiasmado por el aroma a café que había dejado en sus manos la encomienda entregada, Alejandro decidió desviar su camino y llegar antes de lo habitual a la puerta que visitaba cada mañana. Al tocar el timbre escuchó casi de inmediato las pequeñas pisadas que se iban acercando hacia la puerta al grito de: “Ale ale ale ale ale”. Se abrió la puerta y allí estaba Valentín, con sus dos años y toda su energía para regalar. Como todas las mañanas, Alejandro le ofreció los dos puños cerrados y lo invitó a elegir uno. Valentín se abalanzó sobre la mano izquierda y también, – como todas las mañanas-  se hizo dueño de un chocolate.

-¿Qué se le dice al tío?, preguntó Verónica

-Grrrafias, le respondió el niño, tratando de hablar con la golosina ya en la boca.

Alejandro dejó el bolso en el piso, junto a la puerta, y colgó el abrigo en un perchero. Se sentó mientras Verónica le preparaba una tacita de café para saciar el antojo, y, sin muchas novedades que contarse, los dos hermanos se reían de las últimas aventuras de Valentín, que estaba dejando los pañales. En ese mismo momento, interrumpe una carcajada la entrada de Valentín a la cocina que aparece con un libro de cuentos en la mano, casi pintado de chocolate!!!

-¡Mirá lo que hiciste! ¡Tu mamá te va a matar! – dice Alejandro.

-En realidad, tu tío te va a matar. Alejandro: Valentín agarró un paquete de tu bolso, lo abrió y como era un cuento se lo puso a leer

El cartero acabó los restos de café de un sorbo y corrió hasta su bolso preguntándose con las manos en la cabeza cómo le iba a explicar a sus jefes, y al destinatario del libro de cuentos, cómo su encomienda tenía manchas de chocolate.

-¿Entendés ahora por qué no me gustan los niños? Haceme otro café mientras pienso qué voy a hacer, esta vez me lo gané…

Una taza de café es un método infalible para organizarnos y hacer que los problemas del día se hagan un poco más pequeños.

 

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