Dos extraños y un café

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Si recién empezás a leerla, la historia arranca acá
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El timbre sonó justo cuando Carolina estaba corriendo hacia el baño, otra vez, con los ojos llenos de lágrimas. Quería lavarse de una vez la cara. Se vio en el espejo y por un segundo, como sucedía casi todos los días desde hace dos meses, se preguntó por qué estaba haciendo esto que era tan difícil y duro. Pero volvió a prometerse que no daría marcha atrás y que se mantendría firme en su misión.

Preguntó por el portero eléctrico quién era y al oír: “el cartero”, le pidió que subiera hasta la puerta de su departamento. Le abrió la puerta con el delantal puesto, una red sosteniéndole el pelo y los ojos aún vidriosos.

– Señora, tengo aquí una encomienda, pero tuve un pequeño accidente -le dijo Alejandro apoyando su bolso de cartas y paquetes junto a la puerta y casi sin levantar la cabeza

– ¿Qué pasó?

– En la última entrega un niño tomó mi bolso en un descuido, abrió su encomienda y…- no pudo terminar la frase y directamente le dio el libro infantil con manchas de chocolate que Valentín le había dejado cuando se lo robó de su bolso.

Lejos de enojarse, y aún sin escuchar el final de la explicación, Carolina miró con fascinación las páginas de su libro bañado en chocolate y comenzó a reírse.

-¡Qué buena noticia me diste! ¡Qué buena noticia!

– Errm… -Alejandro no sabía qué decir- Mire, señora, tiene que completarme un formulario para dejar constancia de que está satisfecha con las condiciones en las que lo recibió…

– Sí, sí, vení pasá que agarro una lapicera, perdoná el desorden.

Carolina casi no le prestaba atención al cartero, encantada como estaba por las nuevas manchas de su libro. Alejandro, en cambio, prestaba atención a todo en ese departamento, que tenía mesas y sillas ocupadas con fuentes con verdura recién cortada, las hornallas ocupadas con ollas altas y el horno semi abierto.

– Perdoná que la casa está así. Es que empecé un emprendimiento de viandas saludables y estoy cocinando para siete clientes a la vez. Los ojos los tengo rojos porque acabo de cortar casi tres kilos de cebolla, ¡lloré como si hubiera estado viendo la novela!

– Por favor, señora, no se preocupe, soy yo el que debería disculparme después de todo.

– Ya te firmo todo pero no me digas más señora, que me hacés sentir una vieja

Mientras buscaba una birome entre la explosión de verduras y rellenos que había en toda la casa, Carolina se quitó la red del pelo y dejó caer una larga cabellera, que no pasó desapercibida por Alejandro. Según le explicó, ella era una cordobesa que se había mudado a Comodoro Rivadavia tres años atrás acompañando a su novio de aquella época, que trabajaba en un emprendimiento de energía eólica que no funcionó.

-Tampoco funcionó mi noviazgo, te soy sincera, pero me encariñé con la ciudad y me quedé acá trabajando de secretaria. Hace unos meses decidí jugármela por mi pasión, la cocina. Renuncié y abrí este emprendimiento de viandas… por ahora no me está yendo muy bien. Le pedí a mi vieja que me mandara de Córdoba mis libros de cocina, que heredé de mi abuela, y se había olvidado de enviar éste, que fue el primero. Me lo regalaron cuando tenía seis años y mi primera receta, unos bombones de migas de galletitas y dulce de leche, fue todo un éxito. Siempre pensé que esos bombones quedarían muy ricos bañados en chocolate… ¡Esto tiene que ser una señal!

Carolina mientras firmaba, colocó dos tazas de café sobre la mesa, y fue en ese instante, en el que Alejandro supo que esa sería la primera de muchas otras tazas de café.

-¿A vos te gusta cocinar?

-¡No, para nada! Pero también tengo un sueño, me encanta la música…

 

El café puede ser la amalgama perfecta entre dos extraños que merecen encontrar cosas en común.

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