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Distancia con aroma a café

#25Tazas es una ficción con historias que suceden con un café de por medio y que invitan a ser leídas compartiendo una espresso perfecto. Todos los jueves, una nueva entrega, de la mano de Philips Saeco.

Entrega siguiente

Apagó el despertador del teléfono celular casi por reflejo y volvió a enrollarse entre las sábanas. Tal como viene sucediendo desde hace tiempo, tardó unos segundos en reconocer que no estaba ni en su casa ni en su cama. Es como si los sueños le dieran a Federico una yapa: entre que se despierta y se da cuenta que está en otro lugar, pasan unos instantes, en los que aún cree que duerme junto a Lola. Pero luego cae el pesado telón de la realidad, que le recuerda que ella está a 1400 kilómetros de distancia. “Son 1471 kilómetros en línea recta, pero 1757 en distancia de ruta”, le dijo la empleada de la inmobiliaria cuando Federico fue a ver el departamento en el que ahora vive. Desde entonces no puede quitarse esas cifras de la cabeza.

La decisión de mudarse de Buenos Aires a Comodoro Rivadavia no fue nada fácil pero tanto Lola como él sabían que era una oportunidad laboral única. No sólo en términos de dinero, sino también por el cargo que ocupa en la empresa petrolera y en las perspectivas de ascenso que ahora tiene. Como aún debe materias de la carrera, y no hay modo de completar sus estudios aquí, la universidad se convirtió en un ancla que dejó a Lola varada en las calles porteñas, lejos de su amor.

Mientras trabaja, Federico no siente tanto la distancia. Son horas y horas entre planillas de cálculo, reuniones y formularios. Y llega tan cansado de noche que muchas veces se queda dormido con camisa y pantalón de vestir en el sillón con la luz pálida de la tele puesta en el canal local, hasta que en medio de la madrugada camina hacia la cama y cae rendido. Lo que más le cuesta son las mañanas, el tiempo que más disfrutaba con Lola, desayunando juntos un rico café sin leche y tostadas de pan casero. Hoy tratan de mantener el ritual con una videoconferencia pero no es lo mismo: el departamento no es grande pero casi no tiene muebles y aún reina el caos, con ropa que nunca salió de la valija, una heladera semivacía, pan de supermercado y café instantáneo.

-¿Dormiste bien? Tenés cara de cansado…

-Es que aún no me acostumbro al colchón, es muy duro

-Bueno, ¡pero al menos nadie te saca las sábanas de noche!

Federico largó la carcajada. Después de todo, quizá, desayunar vía web con Lola no es tan distinto como hacerlo vivo: aún se pueden hacer reír. Pero falta algo. No sabe qué pero a estas mañanas frías frente a la pantalla de notebook les hace falta algo. Pensaba en eso cuando miró la hora y se dio cuenta que se tenía que ir. Acercó la boca a la cámara de la notebook para simular un beso, se despidió y cerró el programa.

Se estaba poniendo los zapatos cuando sonó el timbre. Se sobresaltó, porque desde que se había mudado los únicos que tocaban a su puerta eran los motoqueros del delivery. Bajó las escaleras en medias y vio la sombra de un cartero, que le dejó una encomienda pequeña pero pesada, del tamaño de un libro gordo. Lo abrió intrigado y el aroma lo transportó de inmediato junto a Lola. Era un paquete del mismo café en granos que Lola molía en la máquina todas las mañanas en Buenos Aires. Con una pequeña nota escrita a mano que decía: “Buenos días mi amor, L.” Federico comenzó el día pensando:

El aroma a café, la manera más rápida de recorrer 1471 kilómetros de distancia en línea recta.

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