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AvivaGiles: Qué pasa cuando te tragás un chicle

Publicado por Capitán Intriga

¿Cuantas veces escuchamos en nuestra infancia consejos aleccionadores que tomamos al pie de la letra y al crecer nos dábamos cuenta que eran sólo un mito? Yo recuerdo que no quería ponerme bizco por si venía “un viento” y me quedaba así para siempre o le temía a los sapos porque si te meaban en un ojo te dejaban ciego.

Otro consejo que siempre seguí fue no tragarse los chicles. Según se contaba en las calles de mi infancia, el material de la golosina era tan potente que podía quedarse en el sistema digestivo durante casi una década. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mito en esto?

En Gizmodo se tomaron el tema en serio y lo investigaron. Al parecer cada chicle está hecho de compuestos indigeribles y hay numerosas entradas en libros de medicina que advierten sobre los peligros de la ingesta de goma de mascar.

En un artículo de 1998 la revista Pediatrics analizó casos terribles, como el de un menor de cuatro años y medio años que llegó a una guardia con siete piezas de chicle alojadas en su garganta, creando un bloqueo que amenazó su vida y tuvo que ser removido manualmente. Otro chico también de cuatro años recibía un chicle por cada vez que se portaba bien, pero se tragaba uno a escondidas para recibir otro. El resultado fue un recto tapado por “múltiples esferas de goma coloridas”.

Más allá de esto, lo cierto es que nuestro sistema digestivo tiene mecanismos muy potentes para disolver alimentos. Si bien la mayor parte de los ingredientes de un chicle son indigeribles, la saliva hace un gran trabajo desarmando los compuestos más duros y luego los ácidos y el movimiento de los músculos del estómago se encargan del resto.

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2 comentarios para AvivaGiles: Qué pasa cuando te tragás un chicle

  1. Cecilia dijo:

    He leído hace mucho que es mas conveniente para el planeta que nos traguemos los chicles que que los dejemos en la tierra para que se biodegraden. Yo por las dudas me los trago, que se yo.

  2. Me tragué un chicle por primera vez en mi vida a los 19 años. Me sentí la más tonta del mundo. Y me dio un poquito de miedo de morirme. Un poquito nada más.

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