Luz & fondo

El otro día con @fedenovick estuvimos cruzando tweets mientras mirábamos tele y aparecieron algunas ideas. Le tiré el lance para que arme un post con reflexiones sobre pasado & presente de la pantalla chica y me envió esto:

Apuntes irracionales sobre las formas expresivas en la TV argentina contemporánea

Después de una charla con el Capitán, incitada por el asombro que nos producía a quienes mirábamos alucinados el debut en vivo de la audición Soñando Por Bailar, en uno de los primeros días de 2011, volví al abandonado periodismo para reflexionar sobre aquello que siempre formó parte de mis pixeladas obsesiones: cómo la escenografía y la iluminación constituyen el núcleo expresivo más importante del macromedio.

Un día Adrián Kirzner Schwartz, aquel que abrió la puerta ya cerrada de los actores convertidos en productores, escuchó a lúcidos realizadores y decidió “quitarle un campo” a las imágenes del programa Poliladron. En ese acto dio nacimiento a un proceso que continúa hoy, un poco degradado, que consistía en empujar hacia adelante con cero pesos el state of the art de los equipos disponibles para apuntar a un registro cinematográfico. No olvidemos que el canal 13 emitía por esos años novelas, telecomedias y periodísticos propios repoblados por sillones de faux terciopelo, luces sin contraluz y sombras omnipresentes. Los exteriores (quizá Raúl Lecouna y Omar Romay ya intentaban otros enfoques fuera de estudio) no pasaban de una barrera ferroviaria en Olivos tomada al mediodía o un bar con vista a la calle, bien oscuro, mientras al fondo dos plantas mustias pedían disculpas, ahogándose.

El vivo, mi pasión, es otro cuento, y ahí en filo del reloj, en la Argentina de los teléfonos sin cuatro, grandes maestros ahora olvidados sostenían temporadas enteras con pelos volados en la costa, móviles sin un foco y ciclos de entretenimiento colorinches.

Deberíamos, si el verano fuera mucho más largo, encontrar los puntos de fuga, hablar de Cenderelli y su gran experimento, de cómo nació el corazón puro (Crónica TV), de la luz potente que todo lo cubría en el primer Telefé, de las ficciones berretas y un poco buenas de aquellos años del rock pobre.

Sin embargo vivimos con el retroalimento como ración diaria, donde aparecen notas que resignifican otras notas que se toman también de programas de archivo. Es muy difícil que lo raro se cuele, lo distinto asome no ya en la forma sino en el motivo: muy probablemente A Todo Culorr (06) se anote como el final del intento mayor, que es siempre transformarlo todo desde adentro. Pero aquí nos desviamos del centro (como siempre), porque no fue por la luz ni el fondo que el programa de Casero fue eyectado como posibilidad.

Hace sólo seis meses una transmisión deportiva en vivo, durante el mundial, distribuía en sillones de cuerina ex futbolistas, abogados y conductores adentro de un bar poblado de turistas y locales que comían, divertidos, sin percatarse de ese equipo de profesionales discutiendo seriamente internas de vestuario, casi en el suelo, casi en la calle.

Ayer (el martes) una isla del Tigre cruzó todo, todo junto… Arena, río que quería ser mar, viento, barcos, sacos blancos, puentes, conductora excitada, bailarines amater, carpa de boda. Impresionó tanto que el estupor dijo fuerte ¡pensemos! No es importante, ni en nuestras vidas ni en las de nadie, será pronto ese día sepultado por otros, “retornarán los libros, las canciones”, pero a los que queremos y cuidamos una tradición local que desaparece, nos indica el camino del fin, de un fin.

Federico Novick / Enero 2011

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